loader image

Un día como hoy, en 1988…

Historia narrada por H. Rodrigo Estévez Andrade sobre el discurso de Raúl Alfonsín en la Sociedad Rural.


Un día como hoy, en 1988, el presidente Raúl Alfonsín concurrió temprano al predio de la Sociedad Rural Argentina, en el barrio porteño de Palermo, para brindar su discurso inaugural en la boutique del campo.

Una lluvia de escarcha acompañó ese sábado al hombre que ya había entrado en la etapa más esquiva de su gestión. Ese año, el titular de la Rural era un afiliado radical de la coqueta sección 20 (Parroquia del Socorro), que tenía poco que ver con los vientos de cambio que desde el alfonsinismo habían aggiornado a la UCR.

De impecable traje y corbata arremetió en su discurso contra el presidente y arrancó aplausos del público que, a pesar de la mañana espantosa, llenaba las tribunas y plateas. Sabían que iba a ser una asamblea a cielo abierto y no quisieron perder oportunidad de hacérselo saber al presidente que les aplicaba las tantas veces temidas retenciones.

Alfonsín, de pésimo humor y convencido que la cosa no iba a ser fácil, se paró frente al micrófono. Juntó aire, aguardó a que se acallaran algunas voces y comenzó blandiendo su mejor arma: el discurso, el de la persuasión el diálogo. No era la mañana, no era el día, ni era el público. Una mayoría elige silbarlo y abuchearlo constantemente. Gente del campo, de la derecha clerical, mucho joven peinado a la lamida de vaca, bigotes por doquier, y oficiales jóvenes de las distintas fuerzas. Alsogaray arrasaba en esas tribunas.

Un combo difícil de acallar para el puñado de funcionarios, legisladores y militantes que fueron para estar, y hacerle saber a Alfonsín que estaban junto a él. Pocos, los que valen, los imprescindibles. Rápidamente, las tribunas se volvieron pequeños Luna Parks, corridas, paraguazos y pugilato. No eran tiempos de radiomensajes ni telefonía celular, no había modo de convocar instantáneamente. Los que no habían ido no sólo no estaban, sino que no llegarían. Sin embargo, el presidente una vez más se sobrepuso, miró fijo al titular de la Rural, Guillermo Alchourrón (sentado a un escaso metro) y le respondió señalándolo con su dedo índice erguido:

“Estas manifestaciones no se producen en tiempos de dictadura, aunque parece que algunos comportamientos no se consustancian con la democracia, porque es una actitud fascista no escuchar al orador”. Un llamado a la rebelión, les espetó “fascistas” en su cara y en su casa. Si la lluvia no paraba, los insultos y abucheos, menos.

Nuestra generación, cargada de un alto grado de insolencia en sangre, sintió sus palabras como una manda. Una de esas escenas donde todo ese enojo de “gallego cabrón” se corporizó en una milésima de segundo. El odio de ese campo y “su gente”, esa que Sarmiento había caracterizado como nuestra aristocracia “con olor a bosta”, siempre adobada por su capitis deminutio en la gran ciudad, sumado a un gobierno que hacía agua en la economía y se encontraba ante un desafío inesperado, Carlos Menem.

El líder radical padecía la agonía de sus días de la primavera alfonsinista, si, igual, hizo una pausa, recuperó aire e intentó defender a los que consideraba suyos, los chacareros, los pequeños productores, los gringos que abrieron caminos.

“No creo realmente que sean productores agropecuarios los que tienen este comportamiento, son los que muertos de miedo se han quedado en silencio cuando han venido acá a hablar en representación de la dictadura. Y son también los que se han equivocado y han aplaudido a quienes han venido a destruir la producción agraria argentina, no son los productores agropecuarios”, replicó subiendo el tono hasta transformarlo en un grito. Esa lectura que estaba por encima de las urgencias de su tiempo, se tomaba un minuto para distinguir el abucheo ramplón de esas gentes “acreditadas” que, tarjetón en mano, copaba las plateas techadas, del laburante del campo, al que él conocía desde niño y sabía parte indisoluble de las revoluciones y asonadas yrigoyenistas por el sufragio. Justo a él, que tenía claro que ese voto también lo había llevado al poder en 1983.

La tapa de un joven Página/12 tituló en clave de humor: “Antes no decían ni mu”.

Agosto será otro mes espantoso para los números de la economía. Brusca caída del consumo y un aumento del 27,6 por ciento del costo de vida, con suba de la desocupación (6,3%).

El gobierno comienza a quedarse sin aire y la inesperada derrota de Antonio Cafiero deja abierta la puerta para la vuelta del peronismo setentista que se había creído sepultado en la derrota del 83.

H. Rodrigo Estévez Andrade

Licenciado en Periodismo Posgrado Comunicación Política UCA

Compartir nota