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La ética de los sótanos del poder


La clase política o los políticos  no nos podemos dar el lujo de ahondar las contradicciones en una sociedad que clama por la concordia y la esperanza. La coherencia entre la palabra y los actos es el A,B,C  del manual de ética en el comportamiento humano. Su transgresión en la vida individual  no es gratuita , pero en la vida social y en las acciones del Estado corroe los cimientos de una Nación.

Cuando el ciudadano observa actos como los límites a las reelecciones eternas, los acuerdos con transparencia para el bienestar colectivo , o la sincera asunción de culpas ,  etc. percibe que los elegidos no traicionan a los electores. Lamentablemente esos islotes de pulcritud escasean cada vez más cuando miramos el egocentrismo de dirigentes que privilegian su apetito de poder sobre el hambre de pan, paz y trabajo que reclama mayoritariamente la sociedad. No hay camino de salida posible si los propios partidos no sancionan las inconductas de sus miembros y si la Justicia  renuncia a su  tarea cuando le toca su parte.

Nuestro pueblo no es absolutamente inocente en los efectos de esta esquizofrenia de  disociación pero las responsabilidades de las élites políticas, empresariales  y  sindicales son de una magnitud incomparable. Descubrimos con frecuencia que en los sótanos del poder  se pactan las continuidades de  trampas cuyos  autores  en público  dicen aborrecer. Llámese rosca intrapartidaria, multipartidaria, corporativa , círculo rojo o de cualquier color no importa. La herida al cuerpo social está hecha.  Las cuestiones elementales de la confianza pública son burladas  con la precisión de una metodología arraigada. El agobio que vence la rebeldía social y la naturalización de los  delitos  es un riesgo constante para la supervivencia de una nación.  Los brazos cruzados del desánimo y el que se vayan todos  es  comprensible, aunque nunca una herramienta para reconstruir el desarrollo integral de un  país. La justificada sangría del éxodo de jóvenes en busca de nuevos horizontes revela la dimensión del drama. También la paradoja . Son  de esas mismas  generaciones de jóvenes emigrantes y de aquellos que queriendo no pueden partir, donde reside  inevitablemente la fuerza que deberá transformar la decadencia en esperanza.

Cuando los signos de involución son tan visibles la conciencia de cambio se instala en el inconsciente colectivo. Es un paso, un escalón hacia un ascenso que no sabemos cuánto tiempo exigirá en su praxis evolutiva. Tal vez la etapa de la negación está siendo reemplazada por este realismo que no tiene nada de mágico  como la ficción de las   novelas latinoamericanas. Más bien nos muestra  el rostro de una tormenta que se ha desatado y que nadie sabe cuándo concluirá. El eterno ciclo del ocaso y el amanecer. En este caso no librado a la aleatoriedad de la naturaleza. La historia  del territorio inmenso y rico no ha dado resultado. El cambio deberá ser  obra y gracia de los argentinos,  y de  aquellos de buena voluntad  que quiera habitar nuestro suelo. Un camino que deberá transitado  respetando la brújula de la Constitución Nacional.  Parafraseando a  San Martín  podríamos profetizar que si no lo hacemos estaremos condenados a “…no ser  nada…” . 

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