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El complejo equilibrio del discurso político

Por Pablo Zubiaurre


“Vivimos revolcaos en un merengue

Y en el mismo lodo, todos manoseaos.”

No es sencillo estar en una especie de “fondo del pozo”, en donde casi no hay defensa. Como dice Discépolo, “en un mismo lodo, todos manoseaos”. A nadie se le ocurre defender públicamente la honorabilidad de los políticos en un medio; los grandes grupos ya han dictado sentencia, esa sentencia se ha transformado en opinión pública, y contempla la posibilidad de una universalización del concepto. En este caso, generalizar está bien.

Nadie ignora que en el mundo de la política hay, como en todos los rubros, una enorme variedad de personajes, de conductas y de moralidades. Quien puede verlo de cerca reconoce las diferencias muy sencillamente. Particularmente conozco a un gran número de políticos, que en muchos casos manejan presupuestos importantes, y que llegado el fin de su accionar vuelven a sus casas como habían llegado. Pero a ellos nadie los contempla. Justamente el periodismo, cuyo objetivo es la comunicación, y su herramienta es el lenguaje o los diferentes lenguajes, se permite una generalización que contiene naturalmente el error de poner bajo una manta a muchos que no responden a la etiqueta con la que inexorablemente  son denominados.

Está claro que hay gente deshonesta y también es cierto que muchos se han enriquecido a través del Estado. Dentro y fuera suyo. Se puede hacer una mención al propio mundo periodístico, a quien recientemente un destacado periodista de investigación como Hugo Alconada Mon señaló como uno de los costos más grandes de una Campaña política. Los reportajes se compran y la intensidad de los mismos tiene un costo. Es decir, el tratamiento periodístico tiene un precio por el cual la opinión favorable o la crítica más dura puede comprarse. Ese sector, teóricamente basado en su honestidad intelectual, es tan comprable como un político corrupto. Ningún periodista salió al cruce de la investigación de Alconada Mon, porque saben bien de qué habla. Hace una acusación global a la que no cortaron con la rigidez que suelen mostrar. Los auspiciantes políticos de cada programa suelen explicar también preferencias y línea editorial. Pero no se habla demasiado de esto, y el periodismo suele hablar de sí mismo como la imagen pura de la integridad.

La “Patria contratista” que desde hace décadas hace negocios turbios con aquellos políticos oscuros que se prestan a ello, también estafa al estado con sobreprecios o maniobras en su perjuicio, y desde su solvencia económica aparecen como señores muy serios que se escandalizan con el accionar de aquellos a quienes coimean. Los sindicalistas, los empresarios farmacéuticos o de la salud, los proveedores del estado en sus diferentes escalas, los intermediarios y especuladores, el sector financiero en sus distintas versiones, todos fragmentariamente son parte de una corrupción estructural que nos azota y nos tiene donde nos tiene. Pero en esos casos, hay que ser precisos porque no sirve generalizar, mientras que en el caso de los políticos, no hay piedad para nadie. Aunque muchos sean absolutamente inocentes de aquello de lo que los acusan desde el mismo saludo. Cualquier periodista conocedor concederá en off que sabe muy bien que en la política hay mucha gente honesta, y seguro también dirá que su tiempo exiguo no le permite abundar demasiado en detalles, por lo que transitará caminos probados y comprobados y conceptos ya impuestos. Los políticos son corruptos, y después dicen lo otro que tengan para decir. ¿Para qué arriesgar?

Arrancando desde esa desconfianza inicial, el político tendrá que remar su respuesta o su propuesta desde una base que poco lo ayuda. Tendrá que hablar de un tema y su tiempo son unos minutos. Allí entonces debe desembocarse en una simplificación que casi seguramente desnaturalizará el tema. La consigna es hacer sencillos temas que no lo son. A la vez, el político deberá establecer su declaración como propuesta, teniendo en cuenta que debe enfrentarse con una elección en algún momento, y que el gran público prefiere a aquellos que no dan malas noticias. ¿Cómo ganar una elección sin caer en consignas demagógicas?

Se busca a aquel con el que se coincide sencillamente. Esto explica la aceptación de propuestas que en condiciones diferentes serían inaceptables. El contexto histórico genera condiciones de aceptación o rechazo, y la acción de los medios, según Goebbels, transforma aquello que se repite incansablemente en “sentido común” de mucha gente. En condiciones particulares, en un contexto de dificultad económica extrema y resentimiento con el presente, una enorme mayoría de un pueblo como el alemán votó por Adolf Hitler, con consecuencias extremas. Hitler decía lo que esa gente quería escuchar, su discurso incluía el resentimiento que compartía el pueblo alemán, era histriónico, fue votado masivamente. Hacer coincidir un discurso con lo que la gente quiere oír es un buen camino para llegar; eso sí, no es garantía de nada. Es una forma de demagogia que sin embargo se vende muchas veces como anti demagógica. El citado es un ejemplo extremo, pero la historia contemporánea reconoce muchos ejemplos similares aunque no hayan tenido las consecuencias del nazismo.

Hoy parece ser muy escuchado un político que es diputado, que actúa en política desde hace años, que se propone para Presidente y no se sabe muy bien quién lo sostiene económicamente, criticando a “La Casta política” como si no fuera, en todo caso, parte de ella.

– Pablo Zubiaurre –

Es un discurso que se apoya en ese concepto hecho sentido común de que TODOS los políticos son corruptos (menos él), moldeado por los medios, y aprovechado por alguien que se dice afuera sin estarlo, sin que toda la gente que lo apoya pueda verlo. Es decir, lo que alguna gente quiere escuchar es el mérito de Milei. Luego, muchos no constatarán la verosimilitud de su discurso.  Piensa en votar a quien dice lo que se quiere escuchar. Alguien que plantea el desmembramiento del Estado, y de quien no se sepa quiénes lo sostienen económicamente, quiénes financian su campaña, puede dejar espacio para que alguien piense que está sostenido por aquellos que en adelante aprovecharán ese desguace del Estado. Una libertad que incluye desde la venta de órganos como una manifestación de la libertad de la persona, hasta el desguace del banco Central. Increíble pero cierto.

Quienes creemos en otra política, esperamos que el tiempo decante esa tendencia electoral que se anuncia, pero no siempre es sencillo combatir a un discurso demagógico con los preconceptos que rigen en los medios, con la dificultad de una situación sobre la que prometer respuestas sencillas es una quimera, y de la que pocos están dispuestos a escuchar propuestas más coherentes a mediano plazo. Obvio que hay temas que tienen otra urgencia.

Pero los problemas estructurales del país necesitan de propuestas pensadas y continuadas que tienen poco atractivo periodístico y muy escaso efecto electoral. La “vuelta de la alegría” que ahora vende Cristina no es muy diferente en lo esencial a aquella que vendió Menem hace tres décadas: Espejitos de colores.

– Pablo Zubiaurre –

Y a pesar de que luego del veranito económico que generaron los altos commodities en la primera década del siglo, el Kirchnerismo en el Gobierno no  pudo jamás contener la inflación, ni el crecimiento de la pobreza, ni el estancamiento económico, ni el aumento del déficit fiscal, ni la corrupción, hay un 30 % de la población que no puede escuchar otra cosa que un discurso que habla sobre cosas que no son, como su compromiso con los derechos humanos que no los tuvieron ahí cuando hubo que estar, cuando militar ese tema implicaba arriesgar todo, cuando hubo que juzgar a las Juntas, cuando hubo que integrar la Conadep. Multimillonarios que hablan de los “ricos” como si ellos no lo fueran, con el agravante que antes de ingresar al Estado claramente no lo eran. Y digo esto a partir de las palabras de Néstor, filmadas, diciendo que ellos no tienen  nada, una casita y poco más, y llegando a las Declaraciones Juradas de Máximo, que seguramente escondan muchísimo y aun así son injustificables. Hoy, hay que demostrar la corrupción, cosa que muchas veces es difícil. Hacia finales del período colonial, los funcionarios de la Corona Española debían por el contrario, enfrentar un Juicio de Residencia, que implicaba justificar debidamente el origen de cada bien que poseían. Más de uno hoy hubiera perdido su cabeza. Afortunadamente para ellos, la cosa es diferente.

El radicalismo enfrenta este momento con notables desventajas en relación a su presencia mediática, producto de contar con menos recursos económicos que otros. Lo enfrenta también con dificultades para instrumentar un discurso que venda sin caer en la demagogia electoral, sin prometer lo que no se puede prometer mágicamente. Pero, sin embargo, hace mucho tiempo que no está como hoy: organizado, con candidatos en cada instancia, unido, presente. Por más que se quieran vender recurrentes crisis (vende el conflicto) los radicales sabemos que la competencia es parte de la actividad y que las diferencias hoy son muy menores en relación a las que tienen otros Partidos. Aunque cuando haya una disputa la mayoría de los medios anuncien “una crisis en el radicalismo”, y cuando Bullrich amenace a un contrincante con “romperle la cara si la contradice en un medio” sea un conflicto de “Juntos por el Cambio” y no del Pro, hoy sabemos que la realidad es otra. Hay candidatos aspirando a la Presidencia, hoy se suma Abad a la competencia por la Gobernación; hay unidad partidaria mayoritaria, hay fundaciones estudiando y armando programas de gobierno, hay una presencia creciente.

Hay que encontrar un discurso que sea serio, atractivo, equilibrado y posible, porque no queda espacio para más decepciones.

No es sencillo, pero es indispensable.

Pablo Zubiaurre, Profesor de historia y escritor, Exintendente de Ayacucho, Miembro de la Mesa Comité Provincia UCR

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